6 de enero de 2026
El conmovedor relato de una venezolana que vive en Argentina tras la captura de Maduro: “Permítanme celebrar, nos han quitado demasiado”

Anais Castro habló sobre la detención del ex dictador venezolano y brindó detalles del calvario que vivió junto a su familia antes de escapar de su país
La historia de Anais Castro está marcada por el desarraigo y la búsqueda constante de pertenencia. Aunque hoy se reconoce como parte de la enorme comunidad venezolana que encontró en Argentina un nuevo hogar, su relato expone las emociones encontradas de quien debió abandonar su país, pero jamás logró desprenderse de él.“Ya creo que al día de hoy es muy difícil encontrar un argentino que no tenga al menos un amigo venezolano, o un conocido, o un compañero de laburo, o alguien con quien comparta cotidianeidad”, consideró.El fenómeno migratorio venezolano transformó el tejido social de Argentina y, para Anais, el compartir historias, ideas y hasta discusiones con argentinos se volvió parte de su día a día: “Cuando pasa algo así, es inevitable pensar, obviamente, en toda esa gente con la que venimos hace años conversando y compartiendo, experiencias, ideas, discusiones, etc.”.Sin embargo, la identidad venezolana se mantiene firme, aun lejos de Caracas. “No porque yo quiera que pienses diferente, porque no lo necesitamos, porque Venezuela ni es Afganistán, ni es Panamá, ni... Venezuela es Venezuela. Y no te pido que lo entiendas, te pido que nos respetes y que nos regalen tres días, tres días, pana, para que el venezolano pueda ir para el Obelisco y bailar y festejar”, suplicó, entre el cansancio y la esperanza de que la sociedad que la acoge también la comprenda.El relato de Anais Castro sobre la Venezuela de su adolescencia es el de un país que comenzó a fracturarse frente a sus ojos. En 2007, cuando tenía apenas 14 años, presenció lo que describe como “el primer golpe a la libertad de expresión en Venezuela”. “En ese momento, se aplica la ley resorte contra RCTV, uno de los canales más importantes de mi país, por tener una línea política en contra de la del presidente (Hugo) Chávez. Y cierran RCTV y vemos el primer golpe a la libertad de expresión en Venezuela y otro montón de canales se tiraron para atrás, de dejar de hacer desde humor político hasta periodistas que puedan hacer lo que tú haces hoy”, relató, con la claridad de quien nunca olvidó ese momento fundacional.Ese despertar cívico fue, también, el principio del miedo: “Con todo lo que pasó y este primer golpe a las protestas, te echás para atrás, te asustás, te recogés. Empezaron a incrementar los problemas en mi país, la escasez, la falta de medicinas, la falta de alimentos, la falta de gasolina. Todo esto empezó como a ser una crisis muy grande y una ebullición muy grande en el país”.
Para Anais Castro, la crisis humanitaria en Venezuela no fue una abstracción, sino una experiencia directa y desgarradora. Su testimonio revela cómo la política se metió hasta en lo más íntimo: la salud y la vida cotidiana. “En el 2011, teníamos mucha presencia de médicos cubanos en el país. Había muchos centros de salud integral, se llamaban CDIs, que los plantaban en los barrios de menos recursos, y traían médicos cubanos a trabajar en nuestro país”, rememoró. Pero lo que podría haber sido una oportunidad terminó convirtiéndose en un mecanismo de exclusión y discriminación: “Apenas entramos al CDI, con mi cara dándoseme vuelta, le dicen a mi mamá: ‘¿Usted es chavista?’ Y mi mamá le dice: ‘¿Qué me estás preguntando?’ ‘Que si usted es chavista, porque si no, no la podemos atender, ni a usted ni a su hija’. Y a mí la cara se me estaba dando vuelta”.
El deterioro del sistema sanitario fue palpable en cada rincón. En ese sentido, Anais narró su paso como voluntaria en el Hospital de Niños de Caracas: “Vi como a una niña se le infectó una herida por la cantidad de polvo que tenía el hospital porque se estaba cayendo. Esa niña falleció. Y yo no aguanté más y dejé de ser enfermera voluntaria. Esto fue en el año 2011”.
El relato de Anais Castro sobre las protestas estudiantiles y la represión estatal en Venezuela es un testimonio crudo de una generación marcada por el miedo, la pérdida y el coraje. Tras la muerte de Hugo Chávez y la llegada de Nicolás Maduro al poder, el país entró en una espiral de violencia y desesperación. “En el 2014, después de la muerte de Chávez, después de que llega Maduro al poder, empiezan las protestas más heavies en Venezuela y llega el primer éxodo masivo. ¿Por qué? Porque matan una cantidad de estudiantes tremenda”.
El terror se hizo cotidiano, y la represión no distinguía edades ni géneros: “A 1 lo mandaron a Portugal y al otro lo mandaron a Australia, lo más lejos que podían mandarlo a sus padres para tratar de limpiarles un poco el espíritu del nivel de trauma y de desgracia que vivieron 2 de mis compañeros de clase durante las torturas por parte del gobierno de Nicolás Maduro. Me volví a asustar, claramente, y me volví a guardar”.
El instinto de protección y la desesperación llevaron a acciones extremas: “Empezamos a armar bombas molotov. Porque ellos no tienen armas y está viniendo la guardia con armas y se necesitan defender de alguna manera. Y yo me sentí cual heroína absoluta... Más o menos 30 horas me duró la sensación de heroísmo, porque apagó a mi amiga, no se la llevaron. Pero al día siguiente había un camión de la guardia nacional esperando en la puerta de su casa y se llevaron a su mamá. 5 hombres. La torturaron, la golpearon en el camión y cuando ella se arrodilló a pedir perdón y a pedir que la soltaran, la orinaron entre los 5 para que su hija dejara de incentivar a otros estudiantes de hacer lo que estábamos haciendo. Mi amiga se fue a España, nunca más volvió claramente”.
La caída de Maduro supuso para Anais Castro un momento de alivio, pero también despertó heridas profundas que el tiempo y la distancia no lograron cerrar. Lejos de su tierra, la noticia no significó solamente un cambio político, sino la oportunidad de resignificar el duelo, la pérdida y la esperanza de millones de venezolanos repartidos por el mundo.
El dolor por las pérdidas y la imposibilidad de despedirse de los seres queridos atraviesa cada palabra de Anais: “Ayer, yo estaba en la sala de la casa de mis mejores amigos y a mi mejor amigo se le murió su primo el 30 de diciembre. Y hace dos años se le murió su papá. Y él estaba llorando el día antes de su cumpleaños, que es hoy, porque él no puede acompañar a su mamá, que está en Venezuela, para enterrar a su primo y a su papá. Pues no puede, porque no puede, no tiene, no tiene la manera de hacerlo”.
La esperanza, sin embargo, se mezcla con la cautela y el reclamo de respeto: “No nos contaminen la alegría de sentir que se hace un poquito de justicia. No nos la quiten... Esta gente que tiene 10 años sin ver a su mamá, que vaya y baile tambor, que vaya y sienta justicia un ratico por todo lo que le robaron. No nos quiten también eso”.
En medio de su relato, Anais Castro recordó cómo muchos venezolanos, incluso fuera del país, siguen luchando por sortear obstáculos burocráticos y miedo a represalias. “Yo cuento esto y tengo miedo a que nunca más me renueven mis pasaportes, porque lo estoy contando”, confesó.
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Ese despertar cívico fue, también, el principio del miedo: “Con todo lo que pasó y este primer golpe a las protestas, te echás para atrás, te asustás, te recogés. Empezaron a incrementar los problemas en mi país, la escasez, la falta de medicinas, la falta de alimentos, la falta de gasolina. Todo esto empezó como a ser una crisis muy grande y una ebullición muy grande en el país”.
Para Anais Castro, la crisis humanitaria en Venezuela no fue una abstracción, sino una experiencia directa y desgarradora. Su testimonio revela cómo la política se metió hasta en lo más íntimo: la salud y la vida cotidiana. “En el 2011, teníamos mucha presencia de médicos cubanos en el país. Había muchos centros de salud integral, se llamaban CDIs, que los plantaban en los barrios de menos recursos, y traían médicos cubanos a trabajar en nuestro país”, rememoró. Pero lo que podría haber sido una oportunidad terminó convirtiéndose en un mecanismo de exclusión y discriminación: “Apenas entramos al CDI, con mi cara dándoseme vuelta, le dicen a mi mamá: ‘¿Usted es chavista?’ Y mi mamá le dice: ‘¿Qué me estás preguntando?’ ‘Que si usted es chavista, porque si no, no la podemos atender, ni a usted ni a su hija’. Y a mí la cara se me estaba dando vuelta”.
El deterioro del sistema sanitario fue palpable en cada rincón. En ese sentido, Anais narró su paso como voluntaria en el Hospital de Niños de Caracas: “Vi como a una niña se le infectó una herida por la cantidad de polvo que tenía el hospital porque se estaba cayendo. Esa niña falleció. Y yo no aguanté más y dejé de ser enfermera voluntaria. Esto fue en el año 2011”.
El relato de Anais Castro sobre las protestas estudiantiles y la represión estatal en Venezuela es un testimonio crudo de una generación marcada por el miedo, la pérdida y el coraje. Tras la muerte de Hugo Chávez y la llegada de Nicolás Maduro al poder, el país entró en una espiral de violencia y desesperación. “En el 2014, después de la muerte de Chávez, después de que llega Maduro al poder, empiezan las protestas más heavies en Venezuela y llega el primer éxodo masivo. ¿Por qué? Porque matan una cantidad de estudiantes tremenda”.
El terror se hizo cotidiano, y la represión no distinguía edades ni géneros: “A 1 lo mandaron a Portugal y al otro lo mandaron a Australia, lo más lejos que podían mandarlo a sus padres para tratar de limpiarles un poco el espíritu del nivel de trauma y de desgracia que vivieron 2 de mis compañeros de clase durante las torturas por parte del gobierno de Nicolás Maduro. Me volví a asustar, claramente, y me volví a guardar”.
El instinto de protección y la desesperación llevaron a acciones extremas: “Empezamos a armar bombas molotov. Porque ellos no tienen armas y está viniendo la guardia con armas y se necesitan defender de alguna manera. Y yo me sentí cual heroína absoluta... Más o menos 30 horas me duró la sensación de heroísmo, porque apagó a mi amiga, no se la llevaron. Pero al día siguiente había un camión de la guardia nacional esperando en la puerta de su casa y se llevaron a su mamá. 5 hombres. La torturaron, la golpearon en el camión y cuando ella se arrodilló a pedir perdón y a pedir que la soltaran, la orinaron entre los 5 para que su hija dejara de incentivar a otros estudiantes de hacer lo que estábamos haciendo. Mi amiga se fue a España, nunca más volvió claramente”.
La caída de Maduro supuso para Anais Castro un momento de alivio, pero también despertó heridas profundas que el tiempo y la distancia no lograron cerrar. Lejos de su tierra, la noticia no significó solamente un cambio político, sino la oportunidad de resignificar el duelo, la pérdida y la esperanza de millones de venezolanos repartidos por el mundo.
El dolor por las pérdidas y la imposibilidad de despedirse de los seres queridos atraviesa cada palabra de Anais: “Ayer, yo estaba en la sala de la casa de mis mejores amigos y a mi mejor amigo se le murió su primo el 30 de diciembre. Y hace dos años se le murió su papá. Y él estaba llorando el día antes de su cumpleaños, que es hoy, porque él no puede acompañar a su mamá, que está en Venezuela, para enterrar a su primo y a su papá. Pues no puede, porque no puede, no tiene, no tiene la manera de hacerlo”.
La esperanza, sin embargo, se mezcla con la cautela y el reclamo de respeto: “No nos contaminen la alegría de sentir que se hace un poquito de justicia. No nos la quiten... Esta gente que tiene 10 años sin ver a su mamá, que vaya y baile tambor, que vaya y sienta justicia un ratico por todo lo que le robaron. No nos quiten también eso”.
En medio de su relato, Anais Castro recordó cómo muchos venezolanos, incluso fuera del país, siguen luchando por sortear obstáculos burocráticos y miedo a represalias. “Yo cuento esto y tengo miedo a que nunca más me renueven mis pasaportes, porque lo estoy contando”, confesó.



